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El enemigo me persiguió a muerte, aplastó mi vida contra el suelo; me introdujo en las tinieblas, como a los muertos de hace muchos años. (Salmos 143, 3)
Por amor de tu Nombre, Señor, consérvame la vida. Por tu justicia, sácame del peligro; (Salmos 143, 11)
por tu fidelidad, destruye a mi enemigo; aniquila a mis opresores, porque yo soy tu servidor. (Salmos 143, 12)
De David. Bendito sea el Señor, mi Roca, el que adiestra mis brazos para el combate y mis manos para la lucha. (Salmos 144, 1)
porque tú das la victoria a los reyes y libras a David, tu servidor. Líbrame de la espada maligna, (Salmos 144, 10)
Himno de David. Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey, y bendeciré tu Nombre eternamente; (Salmos 145, 1)
Alabaré al Señor toda mi vida; mientras yo exista, cantaré al Señor. (Salmos 146, 2)
Después, levantaron en torno a la Ciudad de David una muralla alta y resistente, protegida por torres poderosas, y la convirtieron en su Ciudadela. (I Macabeos 1, 33)
olvidando así la Ley y cambiando todas las prácticas. (I Macabeos 1, 49)
Los funcionarios del rey y la guarnición que residía en Jerusalén, en la Ciudad de David, recibieron la denuncia de que algunos hombres, conculcando la orden del rey, habían ido a ocultarse en los escondites del desierto. (I Macabeos 2, 31)
y les dijeron: "¡Es hora de acabar con esto! ¡Salgan, cumplan la orden del rey y salvarán sus vidas!". (I Macabeos 2, 33)
pero dijeron: "Si todos nos comportamos como nuestros hermanos y no peleamos contra esta gente en defensa de nuestras vidas y de nuestras costumbres, muy pronto nos exterminarán de la tierra". (I Macabeos 2, 40)