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Solamente nos recomendaron que nos acordáramos de los pobres, lo que siempre he tratado de hacer. (Gálatas 2, 10)
Pero cuando Cefas llegó a Antioquía, yo le hice frente porque su conducta era reprensible. (Gálatas 2, 11)
En efecto, antes que llegaran algunos enviados de Santiago, él comía con los paganos, pero cuando estos llegaron, se alejó de ellos y permanecía apartado, por temor a los partidarios de la circuncisión. (Gálatas 2, 12)
Los demás judíos lo imitaron, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por su simulación. (Gálatas 2, 13)
Cuando yo vi que no procedían rectamente, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como los paganos y no como los judíos, ¿por qué obligas a los paganos a que vivan como los judíos?». (Gálatas 2, 14)
Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores venidos del paganismo. (Gálatas 2, 15)
Pero como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, hemos creído en él, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley: en efecto, nadie será justificado en virtud de las obras de la Ley. (Gálatas 2, 16)
Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, (Gálatas 2, 17)
porque si me pongo a reconstruir lo que he destruido, me declaro a mí mismo transgresor de la Ley. (Gálatas 2, 18)
y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gálatas 2, 20)
Una sola cosa quiero saber: ¿ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por haber creído en la predicación? (Gálatas 3, 2)
¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne? (Gálatas 3, 3)