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Señor, Dios mío, clamé a ti y tú me sanaste. (Salmos 30, 3)
porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. (Salmos 30, 6)
Pero eras tú, Señor, con tu gracia, el que me afirmaba sobre fuertes montañas, y apenas ocultaste tu rostro, quedé conturbado. (Salmos 30, 8)
"¿Qué se ganará con mi muerte o con que yo baje al sepulcro? ¿Acaso el polvo te alabará o proclamará tu fidelidad? (Salmos 30, 10)
Ten piedad de mí, Señor, porque estoy angustiado: mis ojos, mi garganta y mis entrañas están extenuados de dolor. (Salmos 31, 10)
Tú los ocultas al amparo de tu rostro de las intrigas de los hombres; y los escondes en tu Tienda de campaña, lejos de las lenguas pendencieras. (Salmos 31, 21)
Tu justicia es como las altas montañas, tus juicios, como un océano inmenso. Tú socorres a los hombres y a las bestias: (Salmos 36, 7)
no hay parte sana en mi carne, a causa de tu furor. No hay nada intacto en mis huesos, a causa de mis pecados; (Salmos 38, 4)
Siento un ardor en mis entrañas, y no hay parte sana en mi carne; (Salmos 38, 8)
Yo dije: "Ten piedad de mí, Señor, sáname, porque pequé contra ti". (Salmos 41, 5)
Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen a tu santa Montaña, hasta el lugar donde habitas. (Salmos 43, 3)
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar; (Salmos 46, 3)