Löydetty 1416 Tulokset: Viejo Hombre
Entre tanto llegó Barac, que perseguía a Sísara. Yael salió a su encuentro y le dijo: "Ven, y te enseñaré al hombre a quien buscas". Entró con ella. Sísara yacía muerto, con el clavo en la sien. (Jueces 4, 22)
El Señor le respondió: "Yo estaré contigo, y tú derrotarás a Madián como si fuese un solo hombre". (Jueces 6, 16)
Cuando llegó Gedeón, un hombre estaba contando un sueño a un compañero suyo. Decía: "He tenido un sueño: veía un pan redondo de cebada que rodaba por el campamento de los madianitas. Llegó a la tienda, chocó contra ella, le dio la vuelta y la derribó en tierra". (Jueces 7, 13)
Entonces Zébaj y Salmuná dijeron: "Ánimo, mátanos tú; porque como es el hombre, así es su fuerza". Entonces Gedeón se levantó, mató a Zébaj y Salmuná y se quedó con las lunetas que llevaban al cuello sus camellos. (Jueces 8, 21)
Jefté, el galaadita, era un hombre fuerte y valiente. Era hijo de una prostituta. Su padre era Galaad. (Jueces 11, 1)
Pasados los dos meses, ella volvió a su padre, y éste cumplió con ella la promesa que había hecho. Ella no había tenido relaciones con ningún hombre; de aquí viene la costumbre de Israel (Jueces 11, 39)
Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manóaj, cuya mujer era estéril. No había tenido ningún hijo. (Jueces 13, 2)
La mujer fue a contárselo a su marido: "Me ha venido a ver un hombre de Dios; tenía el aspecto de un ángel de Dios, lleno de majestad. No le pregunté de dónde era ni él me dijo su nombre. (Jueces 13, 6)
Entonces Manóaj oró así al Señor: "Te suplico, Señor mío, que el hombre de Dios que enviaste vuelva otra vez y nos diga lo que debemos hacer con el niño que va a nacer". (Jueces 13, 8)
La mujer fue corriendo a avisar a su marido y le dijo: "El hombre que vi el otro día se me ha vuelto a aparecer". (Jueces 13, 10)
Manóaj se levantó, siguió a su mujer, llegó donde estaba el hombre y le dijo: "¿Eres tú el que ha hablado a esta mujer?". Él respondió: "Yo soy". (Jueces 13, 11)
Sansón le contestó: "Si me atasen con siete cuerdas humedecidas, sin dejarlas secar, perdería mi fuerza y sería como otro hombre cualquiera". (Jueces 16, 7)