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Apenas terminó de decir estas palabras, se adelantó a la vista de todos un judío para ofrecer un sacrificio, según el mandato del rey. (I Macabeos 2, 23)
Pero éstos no se fiaron de sus palabras, al saber que habían llegado con un ejército numeroso. (I Macabeos 7, 11)
Báquides les dirigió palabras de paz y prometió con juramento: "No trataremos mal ni a vosotros ni a vuestros amigos". (I Macabeos 7, 15)
Les gustaron, sin embargo, las palabras de Alejandro por haber sido el que primero les había hecho propuestas de paz, y se declararon sus fieles aliados. (I Macabeos 10, 47)
Cuando Jonatán oyó las palabras de Apolonio, se indignó. Eligió diez mil hombres y salió para Jerusalén; su hermano Simón se unió a él con una tropa de socorro. (I Macabeos 10, 74)
Llegó a Siria con palabras de paz, y los habitantes de las ciudades le abrieron las puertas y le salieron al encuentro, porque así lo había mandado Alejandro, pues era su suegro. (I Macabeos 11, 2)
Al oír estas palabras, el pueblo se llenó de entusiasmo y todos exclamaron a grandes voces: (I Macabeos 13, 7)
Atenobio, amigo del rey, llegó a Jerusalén y, viendo la fastuosidad de Simón, su vajilla de oro y plata y el aparato con que se rodeaba, quedó maravillado. Pero le comunicó las palabras del rey. (I Macabeos 15, 32)
Antíoco sospechaba que lo despreciaba, y pensó que también lo recriminaba. Pero, con todo, al más joven, que quedaba todavía, no solamente le exhortaba con palabras, sino que le prometía con juramento enriquecerlo de una vez y hacerle el más feliz, y, una vez que hubiera renegado de su religión y abandonado las leyes patrias, tenerle como amigo, proveerle de todo lo necesario y darle un cargo de gobierno. (II Macabeos 7, 24)
Con estas palabras les infundió valor, los dispuso a morir por la patria y sus leyes y dividió el ejército en cuatro alas. (II Macabeos 8, 21)
Los sitiados, fiados en la solidez de los muros y en los depósitos de víveres, despreciaban villanamente a los de Judas, llenándolos de injurias, blasfemando y profiriendo afrentas y palabras horribles. (II Macabeos 12, 14)
Encendió sus ánimos con palabras de la ley y los profetas, les trajo a la memoria las batallas ganadas y les infundió valor. (II Macabeos 15, 9)