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Ellos se pusieron en camino y fueron a Zif antes que Saúl. Pero David y sus hombres estaban en el desierto de Maón, en la estepa, al sur del desierto. (I Samuel 23, 24)
Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, se enteró de que David estaba en el desierto de Engadí. (I Samuel 24, 2)
Llegó a los rediles de las ovejas que hay junto al camino; allí hay una cueva, y Saúl entró en ella para hacer sus necesidades. David y sus hombres estaban escondidos en el fondo de la cueva. (I Samuel 24, 4)
Mira, padre mío, mira la orla de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado la orla de tu manto y no te he matado, reconoce claramente que no hay en mí maldad ni rebeldía. Yo no he pecado contra ti; tú, por el contrario, me acechas para quitarme la vida. (I Samuel 24, 12)
Cuando David terminó de hablar así, Saúl le dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío, David?". Y comenzó a llorar con grandes gritos. (I Samuel 24, 17)
Hoy has demostrado que te portas bien conmigo, pues el Señor me ha puesto en tus manos y no me has matado. (I Samuel 24, 19)
Ahora sé ciertamente que reinarás sobre Israel y que la realeza de Israel será estable en tus manos. (I Samuel 24, 21)
Júrame que no destruirás mi posteridad después de mí y que no harás desaparecer mi nombre de la casa de mi padre". (I Samuel 24, 22)
En Maón había un hombre que tenía posesiones en el Carmelo. Era un hombre muy rico: tenía tres mil ovejas y mil cabras. Estaba entonces en el Carmelo para el esquileo de sus ovejas. (I Samuel 25, 2)
Este hombre se llamaba Nabal, y su mujer, Abigaíl. La mujer era muy sensata y muy hermosa; el hombre, por el contrario, era duro y malo; era calebita. (I Samuel 25, 3)
Al saber David en el desierto que Nabal estaba esquilando sus ovejas, (I Samuel 25, 4)
envió a diez jóvenes con esta orden: "Subid al Carmelo, presentaos a Nabal y saludadle de mi parte. (I Samuel 25, 5)