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El Señor ha actuado como enemigo, ha devastado a Israel; ha destruido todos sus palacios, ha arrasado sus fortalezas, ha multiplicado en la hija de Judá gemidos y gemidos. (Lamentaciones 2, 5)
El Señor ha rechazado su altar, ha aborrecido su santuario; ha entregado en manos del enemigo las defensas de sus palacios; ¡gritos se dieron en el templo del Señor, como en día de fiesta! (Lamentaciones 2, 7)
Decían a sus madres: "¿Dónde está el pan y el vino?", mientras caían como heridos en las plazas de la ciudad y exhalaban su espíritu en el regazo de sus madres. (Lamentaciones 2, 12)
El Señor ha realizado lo que había decidido, ha cumplido su palabra pronunciada desde antiguo; ha destruido sin piedad, ha hecho que se ría de ti tu adversario, ha acrecentado el poder de tu enemigo. (Lamentaciones 2, 17)
De sed, la lengua de los niños de pecho se pega al paladar; los pequeños piden pan, no hay quien se lo dé. (Lamentaciones 4, 4)
Sin tregua se consumían nuestros ojos, esperando socorros en vano. Desde las atalayas oteábamos a un país que no nos podía salvar. (Lamentaciones 4, 17)
ante los dignatarios, los familiares del rey, los ancianos; en una palabra, ante el pueblo entero, desde el más chico al más grande, de todos los que habitaban en Babilonia, a orillas del río Sud. (Baruc 1, 4)
Por esto se nos han pegado las calamidades y la maldición que el Señor comunicó a su siervo Moisés, cuando sacó a nuestros padres de Egipto, para darnos una tierra que mana leche y miel; éste es nuestro caso presente. (Baruc 1, 20)
Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor Dios nuestro, conforme a todas las palabras de los profetas que nos ha enviado, (Baruc 1, 21)
El Señor nos había amenazado con todas estas calamidades que ahora nos han sobrevenido. (Baruc 2, 7)
Y ellos me alabarán en el país de su destierro, se acordarán de mi nombre, (Baruc 2, 32)
Señor todopoderoso, Dios de Israel, de los hijos de aquellos que pecaron contra ti. No dieron ellos oídos a la voz del Señor, su Dios, y por eso se han pegado a nosotros esas calamidades. (Baruc 3, 4)