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Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que no había podido ser curada por nadie, (Lucas 8, 43)
se acercó por detrás y tocó la orla de su manto, y al punto se le paró el flujo de sangre. (Lucas 8, 44)
Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más que a Pedro, Juan y Santiago, al padre y a la madre de la niña. (Lucas 8, 51)
Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles. (Lucas 9, 26)
Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. (Lucas 9, 28)
Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» (Lucas 9, 54)
No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. (Lucas 10, 4)
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. (Lucas 10, 21)
El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, (Lucas 11, 2)
Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lucas 11, 13)
Estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. (Lucas 11, 14)
Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. (Lucas 11, 19)