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Había allí con nosotros un muchacho hebreo, siervo del jefe de los guardias. Le contamos nuestro sueño, y él nos dio el sentido propio de cada cual. (Génesis 41, 12)
Y resultó que según nos lo había interpretado, así fue: A mí me restituyó Faraón en mi puesto, y a él le colgó.» (Génesis 41, 13)
Faraón mandó llamar a José y le sacaron del pozo con premura, se afeitó y mudó de vestido y compareció ante Faraón. (Génesis 41, 14)
Dijo Faraón a José: «He tenido un sueño y no hay quien lo interprete, pero he oído decir de ti que te basta oír un sueño para interpretarlo.» (Génesis 41, 15)
Respondió José a Faraón: «No hablemos de mí, que Dios responda en buena hora a Faraón.» (Génesis 41, 16)
Y refirió Faraón a José su sueño: «Resulta que estaba yo parado a la orilla del río, (Génesis 41, 17)
y volví a ver en sueños cómo siete espigas crecían en una misma caña, henchidas y buenas. (Génesis 41, 22)
Y las siete vacas macilentas y malas que subían después de aquéllas, son siete años; e igualmente las siete espigas flacas y asolanadas, es que habrá siete años de hambre. (Génesis 41, 27)
Pero después sobrevendrán otros siete años de hambre y se olvidará toda la hartura en Egipto, pues el hambre asolará el país, (Génesis 41, 30)
y no se conocerá hartura en el país, de tanta hambre como habrá. (Génesis 41, 31)
Y el que se haya repetido el sueño de Faraón dos veces, es porque la cosa es firme de parte de Dios, y Dios se apresura a realizarla. (Génesis 41, 32)
Ahora, pues, fijese Faraón en algún hombre inteligente y sabio, y póngalo al frente de Egipto. (Génesis 41, 33)