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Seguramente ustedes oyeron hablar de mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba, (Gálatas 1, 13)
Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació (Gálatas 1, 15)
En esto que les escribo, Dios es testigo de que no miento. (Gálatas 1, 20)
Y glorificaban a Dios a causa de mí. (Gálatas 1, 24)
En cuanto a los dirigentes -no me interesa lo que hayan sido antes, porque Dios no hace acepción de personas- no me impusieron nada más. (Gálatas 2, 6)
Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, (Gálatas 2, 17)
Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, (Gálatas 2, 19)
y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gálatas 2, 20)
Yo no anulo la gracia de Dios: si la justicia viene de la Ley, Cristo ha muerto inútilmente. (Gálatas 2, 21)
Es el caso de Abraham, que creyó en Dios, y esto le fue tenido en cuenta para su justificación. (Gálatas 3, 6)
La Escritura, previendo que Dios justificaría a los paganos por la fe, anticipó esta buena noticia a Abraham, prometiéndole: En ti serán bendecidas todas las naciones. (Gálatas 3, 8)
Es evidente que delante de Dios nadie es justificado por la Ley, ya que el justo vivirá por la fe. (Gálatas 3, 11)