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La mejoría viene del Altísimo, y es el Rey quien concede el don de sanar. (Sirácides (Eclesiástico) 38, 2)
¿Cómo llegará a ser sabio el que maneja el arado? todo su orgullo consiste en usar la picana; guía a sus bueyes y los hace trabajar, no habla más que de animales. (Sirácides (Eclesiástico) 38, 25)
Estas son las cosas más elementales para la vida humana: el agua, el fuego, el fierro, la sal, y también la harina de trigo, la leche y la miel, el zumo de la uva, el aceite y la ropa. (Sirácides (Eclesiástico) 39, 26)
Serán como las cañas que crecen en las cercanías de la ribera: se las arranca antes que las demás plantas. (Sirácides (Eclesiástico) 40, 16)
La comida que se mendiga es dulce a la boca de un mal educado, pero le quemará las entrañas. (Sirácides (Eclesiástico) 40, 30)
de obtener ganancia en un negocio, de corregir a menudo a tus hijos, y de cascarle en el lomo a un mal servidor. (Sirácides (Eclesiástico) 42, 5)
No detengas tu mirada en una belleza humana ni te pongas a conversar con mujeres. (Sirácides (Eclesiástico) 42, 12)
Dispuso armoniosamente las obras maestras de su sabiduría, tales como han sido siempre y lo serán; no ha recurrido a ningún consejero; nada podría añadírseles o quitárseles. (Sirácides (Eclesiástico) 42, 21)
Al mediodía reseca el campo; ¿quién puede soportar su ardor? Aunque sea insoportable el calor de la fragua, el ardor del sol es tres veces más cuando quema las montañas, proyectando vapores ardientes, rayos que ciegan los ojos. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 3)
Las montañas tiemblan si las mira, al sentir su trueno la tierra se estremece. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 16)
El otro viento consume las montañas y quema el desierto; como si fuera fuego devora todo verdor. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 21)
Del borde de su manto pendían granadas e innumerables campanillas de oro que tintineaban a cada uno de sus pasos; se las oía resonar en el templo y el pueblo permanecía atento a ellas. (Sirácides (Eclesiástico) 45, 9)