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Atravesando Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica, donde los judíos tenían una sinagoga. (Hechos 17, 1)
Algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas así como una gran multitud de los que adoraban a Dios y de griegos y no pocas de las mujeres principales. (Hechos 17, 4)
Pero después de recibir una fianza de Jasón y de los demás, les dejaron ir. (Hechos 17, 9)
Los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas y se volvieron con una orden para Timoteo y Silas de que fueran donde él lo antes posible. (Hechos 17, 15)
Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad. (Hechos 17, 21)
porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos.» (Hechos 17, 31)
Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos. (Hechos 17, 34)
El Señor dijo a Pablo durante la noche en una visión: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles; (Hechos 18, 9)
Siendo Galión procónsul de Acaya se echaron los judíos de común acuerdo sobre Pablo y le condujeron ante el tribunal (Hechos 18, 12)
diciendo: «Este persuade a la gente para que adore a Dios de una manera contraria a la Ley.» (Hechos 18, 13)
Y los echó del tribunal. (Hechos 18, 16)
Entonces todos ellos agarraron a Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y se pusieron a golpearlo ante el tribunal sin que a Galión le diera esto ningún cuidado. (Hechos 18, 17)