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Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. (Juan 4, 5)
Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» (Juan 4, 7)
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) (Juan 4, 9)
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?» (Juan 4, 27)
Después de esto, hubo una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. (Juan 5, 1)
Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. (Juan 5, 2)
En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. (Juan 5, 3)
y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. (Juan 5, 29)
El era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. (Juan 5, 35)
y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; (Juan 6, 17)
Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. (Juan 6, 22)
Jesús les respondió: «Una sola obra he hecho y todos os maravilláis. (Juan 7, 21)