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Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, (Gálatas 1, 13)
y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. (Gálatas 1, 14)
revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, (Gálatas 1, 16)
Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. (Gálatas 1, 18)
pero personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo. (Gálatas 1, 22)
Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con Bernabé, llevando conmigo también a Tito. (Gálatas 2, 1)
Pues bien, ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse. (Gálatas 2, 3)
Pero, a causa de los intrusos, los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud, (Gálatas 2, 4)
Antes al contrario, viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, (Gálatas 2, 7)
y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; (Gálatas 2, 9)
sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Gálatas 2, 10)
Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. (Gálatas 2, 11)