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Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice para los que están bajo la ley, para que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Dios, (Romanos 3, 19)
ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado. (Romanos 3, 20)
Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien, la consolidamos. (Romanos 3, 31)
y recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso. Así se convertía en padre de todos los creyentes incircuncisos, a fin de que la justicia les fuera igualmente imputada; (Romanos 4, 11)
y en padre también de los circuncisos que no se contentan con la circuncisión, sino que siguen además las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de la circuncisión. (Romanos 4, 12)
porque la ley produce la cólera; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión. (Romanos 4, 15)
como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean. (Romanos 4, 17)
El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu posteridad. (Romanos 4, 18)
No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor - tenía unos cien años - y el seno de Sara, igualmente estéril. (Romanos 4, 19)
Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, (Romanos 4, 20)
con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido. (Romanos 4, 21)
Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, (Romanos 5, 1)