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Mas nosotros, hermanos, separados de vosotros por breve tiempo - físicamente, mas no con el corazón - ansiábamos con ardiente deseo ver vuestro rostro. (I Tesalonicenses 2, 17)
Por eso quisimos ir a vosotros - yo mismo, Pablo, lo intenté una y otra vez - pero Satanás nos lo impidió. (I Tesalonicenses 2, 18)
Pues ¿cuál es nuestra esperanza, nuestro gozo, la corona de la que nos sentiremos orgullosos, ante nuestro Señor Jesús en su Venida, sino vosotros? (I Tesalonicenses 2, 19)
Por lo cual, no pudiendo soportar más, decidimos quedarnos solos en Atenas (I Tesalonicenses 3, 1)
y os enviamos a Timoteo, hermano nuestro y colaborador de Dios en el Evangelio de Cristo, para afianzaros y daros ánimos en vuestra fe, (I Tesalonicenses 3, 2)
para que nadie vacile en esas tribulaciones. Bien sabéis que este es nuestro destino: (I Tesalonicenses 3, 3)
Por lo cual también yo, no pudiendo soportar ya más, le envié para tener noticias de vuestra fe, no fuera que el Tentador os hubiera tentado y que nuestro trabajo quedara reducido a nada. (I Tesalonicenses 3, 5)
Nos acaba de llegar de ahí Timoteo y nos ha traído buenas noticias de vuestra fe y vuestra caridad; y dice que conserváis siempre buen recuerdo de nosotros y que deseáis vernos, así como nosotros a vosotros. (I Tesalonicenses 3, 6)
Así pues, hermanos, hemos recibido de vosotros un gran consuelo, motivado por vuestra fe, en medio de todas nuestras congojas y tribulaciones. (I Tesalonicenses 3, 7)
Ahora sí que vivimos, pues permanecéis firmes en el Señor. (I Tesalonicenses 3, 8)
Noche y día le pedimos insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe. (I Tesalonicenses 3, 10)
Que Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús orienten nuestros pasos hacia vosotros. (I Tesalonicenses 3, 11)