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Lía concibió otra vez y dio el sexto hijo a Jacob. (Génesis 30, 19)
y ella concibió y dio a luz un hijo. Y dijo: «Ha quitado Dios mi afrenta.» (Génesis 30, 23)
Al tercer día recibió Labán la noticia de que Jacob se había fugado. (Génesis 31, 22)
Y Dios subió de su lado. (Génesis 35, 13)
ella concibió y dio a luz un hijo, al que llamó Er. (Génesis 38, 3)
Pasaron muchos días, y murió la hija de Súa, la mujer de Judá. Cuando Judá se hubo consolado, subió a Timná para el trasquileo de su rebaño, junto con Jirá su compañero adulamita. (Génesis 38, 12)
Ahora bien, como a los tres meses aproximadamente, Judá recibió este aviso: «Tu nuera Tamar ha fornicado, y lo que es más, ha quedado encinta a consecuencia de ello.» Dijo Judá: «Sacadla y que sea quemada.» (Génesis 38, 24)
Aquella mañana estaba inquieto su espíritu y envió a llamar a todos los magos y a todos los sabios de Egipto. Faraón les contó su sueño, pero no hubo quien se lo interpretara a Faraón. (Génesis 41, 8)
Ahora, pues, fijese Faraón en algún hombre inteligente y sabio, y póngalo al frente de Egipto. (Génesis 41, 33)
Y dijo Faraón a José: «Después de haberte dado a conocer Dios todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. (Génesis 41, 39)
José engancho su carroza y subió a Gosen, al encuentro de su padre Israel; y viéndole se echó a su cuello y estúvose llorando sobre su cuello. (Génesis 46, 29)
Entonces José se hizo con toda la plata existente en Egipto y Canaán a cambio del grano que ellos compraban, y llevó José aquella plata al palacio de Faraón. (Génesis 47, 14)