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El funcionario le respondió: «Señor, baja antes que mi hijo se muera». (Juan 4, 49)
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía. (Juan 4, 51)
Él les preguntó a qué hora se había sentido mejor. «Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre», le respondieron. (Juan 4, 52)
El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y entonces creyó él y toda su familia. (Juan 4, 53)
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos. (Juan 5, 2)
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos, que esperaban la agitación del agua. (Juan 5, 3)
Él respondió: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes». (Juan 5, 7)
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. (Juan 5, 13)
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía». (Juan 5, 14)
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado. (Juan 5, 16)
Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. (Juan 5, 18)
Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: «Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. (Juan 5, 19)