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Los sitiados, que se sentían seguros por la robustez de los muros y porque tenían sus almacenes llenos de alimentos, despreciaban y trataban groseramente con insultos a los hombres de Judas. Además, proferían blasfemias y palabras sacrílegas. (2 Macabeos 12,14) |
Entonces el sumo sacerdote Onías había dicho a Judas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ruega sin cesar por el pueblo judío y por la Ciudad Santa. Es Jeremías, el profeta de Dios.» (2 Macabeos 15,14) |
Y Jeremías había extendido su mano derecha entregando una espada de oro a Judas, mientras le decía: (2 Macabeos 15,15) |
¡No sea que extraños devoren tu fortuna, y tus economías acaben en la casa de otro! (Proverbios 5,10) |
Piensa en la suerte de un hombre que se ha enriquecido a fuerza de cálculos y de economías. (Sirácides (Eclesiástico) 11,18) |
Intervino Jeremías, al que habían maltratado. Fue consagrado como profeta desde el vientre de su madre: tenía que arrancar, destruir y dejar en ruinas, y luego construir y plantar. (Sirácides (Eclesiástico) 49,7) |
También Nehemías dejó un gran recuerdo: volvió a levantar nuestras murallas en ruinas, restauró nuestras puertas y sus cerrojos, reconstruyó nuestras casas. (Sirácides (Eclesiástico) 49,13) |
¿A quién has insultado con tus blasfemias? ¿A quién le has levantado la voz y lo has mirado con orgullo? Al Santo de Israel. (Isaías 37,23) |
Estas son las palabras de Jeremías, hijo de Helcías, de una familia de sacerdotes que vivían en Anatot, en la tierra de Benjamín. (Jeremías 1,1) |
A Jeremías le llegó esta palabra de Yavé: (Jeremías 7,1) |
Palabras que dirigió Yavé a Jeremías: (Jeremías 11,1) |
Estas son palabras dirigidas a Jeremías a propósito de la gran sequía: (Jeremías 14,1) |
